Cuesta abajo y sin frenos


Que mis palabras en esta entrada iban a versar sobre una derrota en el Camp Nou era un hecho que casi todos sabíamos. No nosotros como Atlético de Madrid, sino cualquier aficionado que siga a un equipo de once jugadores que le toque enfrentarse a ese dinosaurio del fútbol moderno. El Barcelona, hoy por hoy, es un equipo invencible al 99% y así lo lleva demostrando tres años semana tras semana como una apisonadora.
Sorprendió, después de varios años que el equipo jugase en Barcelona con pantalones azules. Manda narices que tenga que ser porque el equipo rival haya cambiado el color de sus pantalones para que nosotros usemos los 'nuestros'. Sorprendió también Quique Sánchez Flores con un planteamiento más conservador de lo habitual y reservando a Juanfran y Diego Forlán. Lo del primero pasa a convertirse en expediente X ya que de la titularidad indiscutible nada más bajarse del avión procedente de Pamplona para jugar en el Santiago Bernabéu ha pasado a una preocupante intermitencia en sus apariciones no sabemos si por demérito del jugador o por las habituales manías del técnico. En lo que respecta al uruguayo, mejor pensar que se busca liberar de ansiedad su juego que como castigo a su preocupante rendimiento.
En diez minutos, y es noticia, el equipo no se descompuso y no recibió el saco de goles habitual en las últimas visitas. Parecía que la seriedad podía cimentar un buen encuentro pero los tres cerditos habían construido una casa de paja. Bastó que el menudo Messi soplase con un poco de fuerza con una habitual internada para el centro para que el desajuste defensivo apareciese y los tres zagueros rojiblancos chocasen como en un número circense y dejasen vía libre al primer tanto azulgrana.


Después, los nervios y el azucarillo que se diluye en el café. El juguete en manos del niño mañoso que todo lo quiere tocar a su antojo y, como consecuencia, el segundo. Nos iríamos, para colmo, al descanso con la cara de imbéciles de ver cómo se anulaba un gol a Tiago del que poco o nada se ha hablado y que podría haber cambiado el signo del encuentro. Si el árbitro no había concedido el saque, amarilla para el jugador. Cuando no sanciona al que saca la falta es porque sabe que algo raro ha habido… Todo el jaleo de la falta, dicho sea de paso, por una escalofriante entrada de ese señor que gusta de retozar en el suelo cuando recibe una patada por leve que sea pero al que también le gusta sacar la pierna de paseo a ver qué caza de vez en cuando.
El cambio de Mérida por Forlán dio otro aire al equipo. El catalán, esta vez jugando en su sitio, no encontró la manera de recibir juego y en las contadas ocasiones en que lo consiguió, no enlazó con un Agüero que era un islote entre un coloso Abidal y Gerard Piqué. Sin embargo, el uruguayo, aunque sólo fuese por su presencia, intimidaba algo más al rival. Pudo llegar el gol en un balón suelto que empalmó Filipe Luis y que únicamente evitó que entrase el nuevo novio de Shakira con una aparición milagrosa.


Se gustaba el Atlético de Madrid en esta reanudación aunque la falta de ocasiones era toda una realidad. Era como el perro al que se saca a pasear un rato para cansarlo y que luego no dé la lata en casa. Ya en casa, Messi aprovechó un despeje de De Gea y un lío de Godín para recordarnos que es nuestra peor bestia y que las rayas rojas y blancas se le dan la mar de bien al mejor jugador del mundo. Y a otra cosa, mariposa.
La brecha entre sexto y séptimo es ya una realidad y nos separa un punto del Sevilla, que tiene que venir al Calderón. Por el momento, y por cruel que parezca, es nuestro único objetivo a la vista y hasta que se demuestre lo contrario. Mientras tanto, a dar la murga contra los de arriba en el estadio. Ese es nuestro gran partido. El que aún estamos por ganar.