Operación trivote: Suspenso

Mucho se había insinuado sobre el dibujo que presentaría Quique Sánchez Flores en el Sánchez Pizjuán. Cambios 'a pelo' para suplir las bajas o innovar con una imitación, si es que me aceptáis la palabra, del sistema del Barcelona. Finalmente, y más preocupado por lanzar dardos al técnico rival, nuestro entrenador optó por la segunda opción y se inventó un trivote que al que suscribe le parecía interesante. Con el overbooking de mediocentros en la plantilla y la falta de hombres de ataque que puedan suplir bajas como la del Kun o Reyes, meter músculo en el centro del campo era una posibilidad para frenar a un Sevilla espoleado tras la llegada de Gregorio Manzano, ese hombre que, de haber tenido la oportunidad que tuvo Aguirre, podía habernos sacado del tedio de la media tabla.
Salieron de inicio Assunçao, omnipresente aunque menos brillante que en otros envites, Tiago que fue uno de los más destacados y un Mario Suárez que sigue sin producir sensaciones positivas ni negativas al aficionado medio. Castigo para Raúl García tras su nefasto partido ante el Leverkusen y nuevo guiño a Camacho para que agilice sus contactos de cara al mercado invernal. Arriba, Simao volvió a su banda natural mientras que Fran Mérida llamó más la atención por sus rosadas botas que por sus combinaciones con un más que desesperado Diego Forlán. El uruguayo está echando de menos la falta del Kun más que cualquiera de nosotros.


De Gea salvó ante Negredo de la misma manera que Palop lo hizo tras una buena jugada de Fran Mérida. Faltaba un golpe que desequilibrase el encuentro y llegó del bando sevillista. Negredo, criticado en Nervión por su mediocre rendimiento se sacó un conejo de la chistera y machacó a la pareja Perea-Domínguez con un recorte al que ponía como guinda un zurdazo en la escuadra del meta canterano. Una vez más, tocaba remar contracorriente.
El Atleti notó por encima de las ausencias el espíritu de equipo grande. Ese que hace que conjuntos como Madrid, Barça o el propio Sevilla se vengan arriba ante las adversidades. Por el contrario nos quedamos asimilando la obra de arte del vallecano con cara de pensar que todo había sido una ilusión óptica y, antes de volver a la realidad, Perotti había puesto tierra de por medio.
La reacción llegó tras el descanso. Quique asumió su error en la alineación sacrificando a Antonio López, que no estaba desentonando y al ya mencionado Mario Suárez para meter al idolatrado Filipe y a Diego Costa. La conexión brasileña sólo funcionó a la mitad y fue la anarquía del delantero la que inquietó al rival por encima de las virtudes técnicas. De Costa diremos que nota muchísimo la falta de conceptos básicos en el fútbol normales en un jugador que jamás ha crecido a las órdenes de un entrenador y cuya sabiduría sobre el campo le viene dada por los partidos callejeros que le trajeron a Europa antes de jugar a primer nivel en su país.
Kanouté se unió al festival con un derechazo imparable para De Gea y las miras estaban ya más puestas en maquillar el goal average que en plantar cara a un rival directo, un equipo al que se le podría mirar a la cara pero que llegó a bordar el fútbol ante un apagado Atlético al son de los olés de una afición entregada. Maquilló Costa con un brillante quiebro no exento de fortuna en la finalización y ahí acabó el partido.
Tiempo para mirarnos el ombligo y buscar culpas. Al equipo por no saber exponer sobre un terreno de juego la garra y el carácter forjado durante más de un siglo, al entrenador por experimentar en partidos en los que, en la mayoría de los casos, hay que arriesgar lo mínimo y, sobre todo, a la dirección deportiva por planificar un año más una plantilla falta de Planes B en caso de ausencia de los jugadores importantes. Es pronto para rectificar pero un excesivo sesteo en esta primera parte de la Liga puede dejarnos sin opciones de ser la tan ansiada alternativa antes de tiempo. Diez de dieciocho puntos, bagaje mediocre pese a habernos quitado de encima a algunos cocos de la competición.

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