Sigue el dulce sueño europeo

Tras el mal cuerpo que se le quedó a uno tras el derbi, casi que no apetecía hacerse muchas ilusiones con los cuartos de final de la Europa League. Pero, a diferencia de la Liga, este año las cosas son más bonitas entre semana. En tres meses hemos superado seis competiciones a doble partido: tres en Copa y otras tres en la antigua UEFA. Desconozco dónde se encuentra el récord del Atlético en este sentido, pero estoy seguro de que es un registro que ni se recordaba en el Calderón.
Tocó viaje a Mestalla. Parece que los duelos fraticidas aparentan quitar imagen de ‘europeo’ pero en esta ocasión no fue así. Las cámaras de Tele 5 nos deleitaron con la entrega de los 3.000 valientes que enfilaron el camino rumbo al levante aprovechando la semana santa. Un aplauso para todos ellos, aunque el mejor homenaje se lo dieron los jugadores que, a diferencia del domingo anterior, se pusieron el disfraz de futbolista y no el de niñata asustadiza.
Sufrimos de primeras las acometidas de un Valencia que se veía superior. Se equivocaron los de Emery si emplearon como método comparativo la tabla clasificatoria de Primera División. El Atlético de Madrid es este año un Dr. Jekyll y Mr. Hide que se transforma de equipo mediocre a equipo serio y ordenado en cuestión de días. Y en Valencia, Quique ordenó disciplina militar y así fue.Fue el empuje de una delantera, como mínimo, tan buena como la nuestra, la que puso en aprietos a David de Gea. A nuestro portero parece que ya no le van a sacar de esa portería ni con agua hirviendo. Incluso las malas lenguas hablan de una oferta rechazada al Manchester United por valor de 30 millones de euros. Suyo y de Álvaro Domínguez es el futuro de la retaguardia colchonera durante el próximo lustro… como mínimo.
Se llegó a la segunda parte y el Valencia veía que no lograba su objetivo. El equipo rojiblanco no se desquebrajaba atrás como ellos pensaban. Decidieron lanzarse al ataque con más corazón que cabeza y cometieron un error. Habían olvidado que su defensa estaba cogida con pinzas. Y a la mínima que tuvieron ocasión de pinchar el Kun y Forlán llegó el gol. El argentino asistió y el uruguayo empujó a placer. ¿Hubiera sido distinto si la ocasión se hubiese dado al revés? Nunca lo sabremos y mejor no pensarlo. El egoísmo del uruguayo en los últimos partidos podría haber dado al traste con un contragolpe infallable.
Nuestra mala suerte, esa que nos intentan imponer los que ya no recuerdan la grandeza de nuestro club, apareció para estropear la fiesta. Manuel Fernandes, ese jugador prácticamente defenestrado a principio de temporada y que llevaba cuatro años sin marcar en Europa, se sacó un zapatazo imparable para De Gea. Una de dos, tocaba volver a empezar o, como pasó en el derbi, echarse atrás a esperar el chaparrón. Por suerte, elegimos lo primero.
Domínguez se lanzó a por todas en un saque de esquina y Antonio López, con el oportunismo de los mejores killers del área, cabeceó sutilmente por encima de ese portero gustoso de llamar la atención en el Manzanares. El resultado era mejor aún del que se había soñado. Pero faltaba el gol de David Villa. El asturiano es bueno, muy bueno, y si tiene un equipo de socios como el que posee el equipo valencianista, la garantía de éxito es mayor.
Resultado muy positivo pero agridulce. Queda la sensación de que no sabemos aguantar los resultados. Nos pasó en Estambul, nos pasó en Lisboa y nos pasó en Valencia. Ojalá que nos vuelva a pasar en Liverpool o en la propia capital portuguesa, sería una muy buena señal.
Además de la falta de concentración con el resultado a favor, me quedan algunas conclusiones. Primero, Tiago y Reyes son muy importantes pero no impescindibles. Raúl García en mayor medida y el de Sanlúcar suplieron la papeleta con casta el primero y con el mínimo exigible el segundo. Segundo, Forlán no será el del año pasado, pero va a terminar la temporada con un gran número de goles en su expediente y tercero, todos nos llevamos un marcador que, antes del partido, habríamos firmado ante un rival muy correoso. La vuelta tiene que ser una olla a presión en el Calderón.

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