El embrujo del Manzanares

Sin palabras. La experiencia vivida en el Vicente Calderón fue de las que se recuerdan para toda la vida. Me imagino dentro de 50 años, cuando todos contaremos a los más pequeños que estuvimos allí, que el Calderón estaba precioso, que la gente no paró de animar en ni uno solo de los 93 minutos de emoción que tuvimos el privilegio de ver, que fuimos parte un grupo de 52.000 afortunados que tuvieron la suerte de viajar al pasado y ver durante dos horas a un Atlético de Madrid digno de su época dorada.
La ciudad amaneció bonita. Hacía mucho tiempo que no se vivía un día grande y eso se respiraba en el ambiente o, mejor dicho, el aficionado rojiblanco lo respiraba en el ambiente. Pronto se empezaban a ver las primeras camisetas rojas y blancas, bufandas y la cantidad se iba incrementando con el paso de las horas. Uno, que es muy atlético, siempre trata de cruzar la mirada con esta gente, con un gesto de complicidad, un gesto de “camarada, soy de los tuyos”. Madrid, como decimos, se había teñido de rojo y blanco y cuando la capital se viste así está preciosa.
La entrada al campo me impactó. Me recordó al día en que mi abuelo y mi tío me llevaron por primera vez al Calderón. Yo era un enano y recuerdo que me sorprendió muchísimo que el campo de fútbol que salía en la tele fuese tan grande. Ante el Liverpool hice lo mismo que aquel día: De manera extraña e ingenua, me vi parado en medio del vomitorio, mirando para todos lados, boquiabierto y emulando al mejor Paco Martínez Soria a su llegada a Madrid.
Había un aroma distinto en el Manzanares. La gente se miraba como pensando, “esta sí es la afición del Atleti, no se nos había olvidado” y seguía saltando y cantando hasta la afonía. Olía a delantera de seda, a Metropolitano, a la falta de Luis en el 74, al maldito hongo que retiró a Gárate, a las carreras de Futre por la banda y a las pecas de nuestro Fernando Torres. En definitiva, olía a capítulo para la historia del Atlético de Madrid.
Bien es cierto que el Liverpool defraudó. Sin su delantero titular, pierden más fútbol aún del que perdieron en verano con la salida de Xabi Alonso. Gerrard, demasiado sólo y pasivo, decidió guardar su mejor fútbol para otra ocasión. Forlán, a los nueve minutos, decidió forzar al extremo la resistencia acústica del estadio marcando un gol tan importante como antiestético. Era el último ingrediente para creernos que estábamos allí de verdad, a un paso de una final europea casi un cuarto de siglo después.
La baja del Kun apenas se notó, gracias al buen trabajo del uruguayo en punta y a la constante movilidad de la línea de tres formada por detrás. Simao, Jurado y Reyes tuvieron una buena actuación, pero el utrerano sobresalió por encima. Su zurda y su calidad parecen maquillarse mejor en las grandes citas y la del Liverpool lo era por encima de las últimas batallas. Tiró caños, inventó pases imposibles y fue capaz de hacer recular a todo un pentacampeón de Europa simplemente con esa sonrisa de niño un poco cabroncete.
En la medular, Assunçao y Raúl García volvieron a conectar como en la temporada pasada. Su labor oscura y sacrificio no son siempre agradecidas, pero su importancia en el equilibrio de un equipo tan radical se hace imprescindible. Donde el Atlético de Madrid sorprendió a propios y extraños fue en la defensa. Antonio López estuvo correcto, apuntándose al ataque cuando era necesario y sin estridencias atrás. Domínguez apretó los dientes el castigo y contestó al míster con un soberbio encuentro que le hará crecer unos puntos en su barra de veteranía y experiencia.
 Brilló de manera sobresaliente Ujfalusi. El checo cada vez se anima más a subir al ataque y lo hace con criterio. Reyes ha encontrado en su socio de la banda derecha una gran ayuda que le abre espacios y le aporta cobertura cuando lo necesita. No conforme, Ujfa se animó con un zurdazo que despejó Reina y con un par de internadas hasta la línea de fondo en las que recordó al mismísimo Ufarte.
Y, para terminar, el hombre de la noche. Criticado por buena parte de la grada por sus fallos durante la temporada, bautizado como La Mujer Barbuda por un periodista graciosete y ovacionado con mofa por una afición que no merece ser denominada como tal, Luis Amaranto Perea se sacudió el polvo de todo esto y maravilló al Calderón. El colombiano estuvo rapidísimo al cruce, como siempre, sin complicaciones en la salida de balón y fue capaz de tumbar al mismísimo Steven Gerrard cuando iba a encarar a De Gea con un robo de balón de una limpieza sublime provocando, ahora sí, una cerrada ovación de la que sí debe denominarse afición, y más en este partido.
Siete días por delante para soñar, para empezar a ver cómo se consiguen las entradas de Hamburgo, cuál es la mejor conexión entre Madrid y la ciudad alemana, los precios de los vuelos y las 1.000 excusas que vamos a poner en el trabajo para no perdernos una oportunidad histórica. Entre medias, un partido liguero y, por desgracia, sin importancia alguna, en el que deberían gozar de minutos los menos habituales. A nuestros guerreros de primera fila habrá que tenerlos descansados para la gran batalla de Anfield.

1 comentarios:

Nacho Quiroga dijo...

Gran referencia a Paco Martínez Soria. Un saludo al que tenga el móvil que se me cayó saliendo por la puerta del calderón. Pero bueno, grande Atleti Jorge!